Un viajero no es alguien cuyo interés está puesto en conocer lugares nuevos de naturaleza majestuosa o salvaje urbe. Un viajero, como lo fueron Richard Ford o James Cook mucho tiempo atrás, experimenta la necesidad de conocer más allá de los límites de la simple apariencia del viaje para adentrarse en las historias personales de los paisajes que recorre. O que retrata. Y así es Gonzalo Botet. No sabemos si más viajero que fotógrafo o más fotógrafo que viajero pues empezar a hablar con él de viajes es acabar hablando de fotografía y hablar con él de sus imágenes concluye siendo un recorrido por sus viajes.

Malasia, India, Thailandia, Nepal, Cuba, México, Perú, Myanmar, Burkina Faso o Indonesia son sólo algunos de los destinos que este joven fotógrafo malagueño ha explorado con su objetivo fotográfico. Gonzalo viene del mundo del audiovisual (trabajó en una serie de televisión y como asistente de un fotógrafo de moda) por lo que maneja de una forma elegante y precisa la técnica. Sin embargo, quiso ir más allá en su experimentación con la fotografía fija y unirla a su otra pasión: su deseo de futuro y de vida pasaba por viajar alrededor del mundo acompañado con una cámara de fotos. Hacer del viaje y la fotografía un estilo de vida, su propia vida. Y así tirarse de cabeza a conocer el mundo con su lente fotográfica como guía y compañera. Y parece que le está funcionando bien, bastante bien.

Durante el recorrido a través de estos últimos ocho años de viaje ha habido de todo : desde un Dengue que casi le cuesta la vida hasta un gran reconocimiento por una de las revistas de viajes más prestigiosas internacionalmente. National Geographic le otorgó un premio fotográfico en 2013. Este es Gonzalo. Un viajero-fotógrafo incansable que tiene como uno de sus referentes al gran fotógrafo, y también viajero, Sebastiao Salgado.

El primer destino de Gonzalo fue Asia, donde visitó nueve países en algo más de un año. Tiró fotos. Tiró muchas fotos. Lo que no imaginaba en ese momento era la proyección que posteriormente alcanzarían esas fotografías y el cambio de vida que estaba experimentando. “Después de ese primer viaje, no concibo otra opción de vida que esté fuera de viajar y hacer fotos”, asegura convencido. Ahora su viaje ha evolucionado en un sentido que desborda los límites de su propia experiencia con la fotografía y el entorno que visita. Actualmente, su interés está puesto en enseñar realidades sociales que, en muchos casos, duelen a simple vista. Gonzalo, que siempre viaja solo, ha escogido meter el dedo en la herida de la desigualdad social a golpe de flashazos con su cámara como única acompañante de viajes.

Desde hace un par de años comenzó a colaborar con instituciones no gubernamentales que trabajan en terrenos que se alejan de los paisajes y retratos que el fotógrafo malagueño tomó con calma y bella técnica en sus primeros destinos. Sus reportajes sobre los trabajadores de unas minas de oro en Burkina Faso o las víctimas del terremoto en Nepal de 2015 otorgan a Gonzalo una mirada crítica y reflexiva que lo adentran en el corazón de los lugares que visita. Los únicos testigos de estas experiencias son sus fotografías y la sonrisa tranquila de alguien que vive con pasión lo que hace. “Estos viajes de carácter más humanitarios ahora me llenan más. Es la forma de la que dispongo para poder ayudar con mi trabajo”.

Nos explica que durante sus primeros viajes buscaba lugares visualmente atrayentes, como India. Una vez allí,  no había nada planificado, sólo el hecho de dejarse fluir por el contacto con los personajes locales y los lugares. “Eso ha cambiado, me estoy currando el viaje de otra forma, hay un recorrido que me interesa mostrar. Todo queda más planificado”.

Crear un vínculo con la imagen que captura se ha convertido para Gonzalo en una necesidad. “Cuando llego a un lugar y veo a alguien que me interesa retratar no saco directamente la cámara, capturo la imagen y me voy. Me tomo el tiempo de hablar con esta persona para comprender su historia, ganar su confianza, conocer a su familia y hacerle ver por qué estoy en ese lugar”,asegura.

Es en este punto donde se unen el fotógrafo y el viajero y, a partir de aquí, aparecen las historias más concretas que le llevan a viajar de un lugar a otro hasta acabar sacando fotos de los trabajadores de una mina de oro en Burkina Faso. Esto ocurrió el pasado año durante su viaje al país africano, que se encontraba sumido en un golpe de Estado. A pesar de la difícil situación política que se vivía en el país, Gonzalo no dudó en volver a llenar su mochila de objetivos y cámaras y recorrió el camino hasta llegar a un orfanato donde colaboró con una ONG retratando a los internos.

“Eso requiere tiempo para que los niños no vean la cámara como una novedad y puedas tomar fotos de su día a día sin que miren a la cámara y sonrían o rehuyan, si no para que miren y no vean a la cámara si no que te vean a ti. Eso es lo que saca la potencia de la imagen, la  naturalidad”, nos comenta. Además de espera, esto precisa de un carácter como el suyo, que juega entre ser una persona sensible al mismo tiempo que fuerte para afrontar situaciones muy conmovedoras. Quizás estas tablas se van forjando durante el viaje. Al igual que se forjan las relaciones con personas que te ponen el el sitio adecuado en el minuto preciso para que la casualidad no exista durante el trayecto.

Y así sucedió en tierras africanas. Alguien le habló de unas minas de oro en las afueras de Uagadugú, capital de Burkina Faso.  Movió todos los contactos posibles y coordinó todo lo imposible hasta que pudo estar delante de este submundo y capturarlo con su objetivo. “Mi contacto con el encargado de la mina no hablaba inglés y yo no hablo francés. Sudé bastante. Además, me interrogaron  varias veces para corroborar que no mentía: para quién eran las fotos, para quién trabajaba…fue muy tenso”.

Tener el permiso para entrar en las minas no sería lo más complicado. La verdadera dureza estaba sobre el terreno que Gonzalo visitó los días siguientes. “Hay mujeres y hombres de entre 16 y 28 años descendiendo entre 50-70 metros con poleas atadas a la ingle y ganando un dólar al día. Hay muertes por ahogo, por derrumbes, como si la revolución industrial no hubiera sucedido nunca”. Sus fotografías en blanco y negro muestran la realidad de estas minas en una dura narración visual que sorprende por la humanidad con la que están tratadas. “Al salir por la tarde de las minas fue muy duro, quise quedarme más tiempo”. “Pensé que era el día más importante de mi carrera profesional”, nos dice, “salí de allí muy emocionado”.

Entre sus experiencias y reportajes más conmovedores también se encuentran las imágenes de los afectados por el terremoto de Nepal. Gonzalo viajó al país con una intención distinta pero amigos de amigos le ofrecieron la posibilidad de contactar con instituciones que trabajaban en una de las zonas más devastadas por el seísmo a las afueras de Kathmandú. Y allí se plantó. “Fue la primera vez que me derrumbé escuchando a gente que te cuenta su día a día en situaciones límites pero con una gran espiritualidad y que no dejan de sonreír”.  Cuando Gonzalo habla de situaciones extremas se refiere a niños que han perdido a toda su familia bajo las ruinas de su propia casa. “Y esto es duro”, resalta. Como impactantes son las fotos que muestran lo que vieron sus ojos durante esta experiencia.

Para realizar estos reportajes, Gonzalo no viaja ligero de equipaje fotográfico. Cuando le preguntamos a cerca de su  su survival kit, nos dice entre risas que es todo imprescindible. “Yo siempre he sido una cabra loca, voy con todo el equipo a cuestas siempre.” Después de estos años de constante viaje, y gracias también a su trabajo comercial como fotógrafo de arquitectura e interiorismo, se ha hecho con un equipo importante que va con él a cada esquina. Y no es un equipo ligero pues nos cuenta que pesa “sobre unos 13 kilos”. “Trabajo con mi cámara fullframe Canon 1ds Mark III y con lentes fijas, 24mm,50mm y 100mm, menos un zoom 70X200, que uso muy poco pero me hizo ganar la foto del premio de National Geographic y ese no lo vendo”.

Orgulloso y consciente de su trayectoria, que le está llevando a muchas satisfacciones y logros tanto profesionales como personales, Gonzalo, como la mente activa e inquieta que es, tiene entre sus próximos proyectos crear una fundación para colaborar con ONG´s a través de su trabajo fotográfico. También le gustaría publicar un libro con sus historias más personales sucedidas a lo largo de su viaje que no son pocas. Suponemos que también estos retos serán sueños cumplidos y aquí estaremos para verlos.

www.gonzalobotet.com

@gonzalobotet

 

Texto: Candela Montero Martín

Fotos: Gonzalo Botet

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