Cerco a la tierra de los renos

Es una de las culturas más antiguas y flexibles de la Tierra. El cazador que se especializó en un animal, y siguió al reno en una transmigración constante, de norte a sur, de sur a norte. Son nómadas, habitantes por derecho del ártico, y amenazados por las promesas de una postmoderna tierra de Jauja. El ártico es rico en petróleo, gas, diamantes… ¿Podrán sobrevivir a la invasión los samis, los soyot, los nenets…?

 

El reno tiene la misma expresión de hace siglos: intuye que es carne, piel y grasa. Es todo. La fuerza y el sustento. El origen cósmico. Sus amos no necesitan de un chamán para entenderlo. Si se esfuma lo hace también su cultura, y así su pueblo. Ellos son el reno, diría el hipotético chamán. El reno es ellos, escupiría sobre el hielo eterno. Yin y yang a menos 20 grados centígrados. Así ha sido durante siglos.

Los nómadas afirman que los hombres del sur no se asientan en armonía con la naturaleza, como hicieran los indígenas que aún hoy persiguen a los renos en el círculo polar ártico. Este nuevo hombre crea carreteras, fábricas, minas, expolia los bosques primigenios. Rompe la tierra. La cerca. La vampiriza. Es lo que los expertos llaman “la explosión humana en el ártico”. Un ártico al que los científicos, reunidos en la cumbre del clima Copenhague, le pusieron fecha de caducidad: en el año 2050 el hielo en el océano se verá drásticamente reducido por culpa de las emisiones contaminantes. Es posible que antes. Ello implica nuevas rutas, nuevo comercio. El cerco a las tribus de los renos, los últimos pueblos aislados, está llegando.

“Los nómadas necesitamos estar alejados de cualquier actividad humana, allí donde haya carreteras, casas, instalaciones petroleras, fábricas, nos afectará. Los pastos acaban fragmentados, rompen nuestros ciclos y medios de subsistencia. El futuro está lleno de amenazas y desafíos, el cambio climático conlleva efectos indirectos, están colonizando nuestros territorios”, explicaba Anders Oskal, director del Centro Internacional de Cría de reno, envuelto orgulloso en su traje tradicional sami. Nos recibió en Kautokeino, en la provincia de Finmark, conocida por Laponia, donde termina el mundo. Es la capital secreta de los últimos indígenas europeos, situada al norte de una Noruega rica, que flota en petróleo y bienestar. Los samis son los más ricos entre los indígenas del ártico, y se han convertido en sus principales portavoces, aunando esfuerzos internacionales desde Rusia hasta las montañas del norte de China.

El reno, que de tan amigable parece estúpido, está mirándonos en mitad del blanco cadalso, alejado del rebaño protector. Este es el territorio exclusivo de los samis, la reserva de un pueblo distinto en costumbres y lengua, cuyos cánticos y tiendas (lavvus) recuerdan a los amerindios. “Sin el reno seríamos simplemente noruegos”, afirmaba uno de los pastores momentos antes de inmovilizar al animal.

El cuchillo típico que brinda un joven pastor sami en el cuello del reno encarna vida y muerte. El rojo impacta sobre el hielo creando un bello pero macabro lienzo. Una hecatombe antigua celebrada entre modernas motos de nieve. El animal muere y acaba descuartizado en un improvisado matadero en el campamento que los samis han desplegado cerca de la carretera. Los coloridos trajes típicos contrastan con la sangre, y hacen más turbadora la escena. La sangre es absorbida por el hielo. Los samis sonríen. Y rápidamente cargan en un remolque las piezas de carne fresca.

Todo se produce en mitad de la nada, escrita en mayúsculas por el poder brutal de esta naturaleza absoluta, en donde un suspiro representa un grito. Estamos por encima del círculo polar ártico. Estamos en su tierra viva alejada del turismo y de la estampa fotográfica. Es el centro de bodas y de pastoreo de renos. Donde estos animales pasan el crudo invierno en espera de su transmigración anual hacia las islas del norte. Es aquí donde los sami se sienten auténticos, cercanos a su tradición, tras haber sido obligados a asentarse, a cristianizarse, a escolarizarse, desde hace siglos.

Cuando visitamos la zona una delegación internacional de indígenas del ártico y subártico estaba visitando el campamento. Los desafíos eran y son grandes, deben combatir, armonizar, frenar la invasión exterior. Se dirigían en autobús el IV Congreso Internacional de Cría de Reno que se celebró en Kautokeino. Había pastores mongoles, chinos, rusos, y junto a los samis, vestidos todos con sus trajes típicos. Todos eran nómadas o semi nómadas. Indígenas que no sabrán responder si son en realidad mongoles, rusos o noruegos. Dirán Soyot. O Nenet. O Sami. Pueblos sin estado y sin más frontera que la transmigración constante, el fluir según el ciclo natural de sus bichos.

Algunos de estos indígenas pueden llegar a recorrer mil kilómetros en una danza circular al ritmo de las estaciones. Constante movimiento. Buscan nuevos pastos. Mejor temperatura. Se alejan de los mosquitos que pueblan la taiga con el deshielo… ¿Pero podrán saltar las vallas de los modernos propietarios? ¿Los blindados gaseoductos? ¿Vencer a las industrias petroleras que toman sus territorios y que los obligan a asentarse como mano de obra barata? ¿A la industria minera y forestal? ¿A los cazadores furtivos? ¿Sobrevivirán si se cumplen las profecías del cambio climático? Todos son pastores de renos, hombres del hielo, nómadas del frío. Y, como el oso polar, sacudidos por las amenazas de una era cifrada por las estadísticas de posibles cataclismos.

“Los nómadas se han adaptado durante milenios a condiciones muy duras. Pero las actuales amenazas pueden modificar considerablemente su forma de vida, nos explicaba el profesor Bruce Forbes, del Centro Ártico de la Universidad de Laponia, que realizó un estudio durante tres años sobre las condiciones de los indígenas en Escandinavia y Rusia. “El cambio climático no es la amenaza inmediata. El problema es la explotación del gas y el petróleo, que les está dejando sin espacio, y eso los obliga a recolocarse y asentarse en pueblos por debajo de sus tradicionales pastos. Creo que el futuro de estos nómadas pasa por la modernización, como se han visto forzados los sami en Escandinavia, o los inuit en Norteamérica”, añadía.

La tierra en el que habitan, antaño aislada, sólo invadida por las aspiraciones cinegéticas, es un territorio virgen por explotar. Podría contener el 20% de las reservas energéticas del planeta. Un espacio rico en recursos: petróleo, gas, diamantes, oro, plata y otros minerales. “Estimamos que los pastores de renos hemos perdido el 25% de los territorios de pastos del ártico desde la II Guerra Mundial. Y el otro 30% se ha visto seriamente afectado. No es posible que se nos quite de en medio para poder explotar los recursos, y que después nos devuelvan al lugar. Si nos echan perderemos definitivamente la raíz de nuestro pueblo en pocos años”, explicaba Anders Oskal.

A Mikhail E. Yar, de 45 años, sin embargo, no le importaban estas amenazas climáticas, que había oído en la televisión y consideraba “cosa de políticos”. Mikhail es un pastor nómada de la península de Yamalo-Nenets, al norte de Rusia, en la Siberia lindante con los Urales. La zona que precisamente contiene las mayores reservas de gas de Rusia. Su rostro muestra la parsimonia y la dureza del frío. Impertérrito, es el vivo reflejo del poder blanco que le rodea. Rasgos caucásicos con un ligero elixir asiático en sus ojos, acompañados de una vieja boina de cuero negro que resalta sobre el implacable brillo de la nieve. Su mayor preocupación es cómo agrandar el tamaño de su rebaño de renos, nos dice. Y cómo conseguir que el mismo progreso que amenaza con destruir su ecosistema le ayude con su tarea. Está empeñado en introducir cercas y máquinas entre los nómadas, para facilitar la tarea de contener y transportar los rebaños.Pero me tratan de loco en mi región, no entienden para qué puede servir. La tradición es muy fuerte, explicaba. “Nosotros hemos vivido a lo largo de la historia muchos cambios climáticos. ¿Por qué éste nos iba a afectar? Nuestro territorio es muy grande. Si cambian las condiciones nos moveremos”.

El suelo sobre el que pisaban sus renos contiene el 90% de las reservas de gas de Rusia, y el 14% del petróleo. Y esta amenaza es quizás más poderosa que el trastorno climático. Es un territorio en disputa entre las empresas rusas como la todopoderosa Gazprom e internacionales como Eni o British Petroleum. Una tierra estratégica en la que Rusia planea instalar su avanzadilla hacia el control de la plataforma continental ártica, y en la que busca inversión extranjera. “Las compañías rusas expresan su deseo de coexistencia con los pueblos indígenas pero en realidad no respeta sus propias guías de conducta. Gazprom controla el norte de esta región e ignora los derechos de los nenets”, decía Bruce Forbes. El pastoreo es una industria menor si se compara con sus competidores: industria energética, forestal, hidroeléctrica, turística. En 2008 el 95,5% de los productos exportados de Yamalo-Nenets eran combustible mineral, petróleo y productos de su destilación. Los indígenas carecen de fuerza y de voz política.

Los mismos problemas, similares escenarios. En Evenkia (Siberia central), por ejemplo, la construcción de una gran hidroeléctrica en los territorios de pastos levantó protestas. Y en Kola (Rusia) la caza furtiva de los renos trae serios problemas a los samis de ese territorio. También el calor conlleva enfermedades para sus animales. Y los científicos se plantean como será su adaptación frente a nuevas condiciones climáticas. En Mongolia los rebaños de los pueblos Tsaatan han descendido drásticamente por enfermedades endémicas. En la inmensa estepa su fuerza es cada vez menor ante el influjo globalizado, y las empresas mineras muerden su suelo. Casi se han extinguido de una China de desarrollo récord. Y sólo en Rusia y en Escandinavia mantienen su fuerza, cada vez más debilitada por el progreso.

El rugido de las motos de nieve alerta de la existencia de los pastores samis sobre las dunas de nieves. Los lagos y ríos helados son sus autopistas. Llevan siglos recorriéndolos. “¿Qué ocurrirá si algún día no se congelan lo suficiente?”, se preguntaba Anders Oskal. Los pastores rompen con sus motos el silencio milenario. El hombre está cambiando el ártico, se moderniza. Es la denominada “revolución de las motos de nieve”. “Los trineos sólo los usamos para los turistas. Tenemos las motos. Con ellas cazamos los renos”, explicaba un pastor sami que atendió a hacer una demostración. Lanzó el lazo desde la máquina y atrapó por la pata a uno de los bichos. Los samis incluso llegan a utilizar helicópteros para reagrupar a sus rebaños. Sin embargo, sólo el 10% se dedican a la forma de vida antigua, el precio de la modernización ha sido alto. Pagar combustible, mantenimiento, competir contra rebaños modernizados…

Todos los indígenas disponen de cientos de palabras para definir nieve. Pero aún más vocablos para decir “reno”. Son importantes incluso para aquellos que se han asentado y abandonado la tradición. “Sin los renos perderíamos la identidad”, nos repitio como mantra Anne, una joven enfermera sami que vive Karasjok, la capital política de este pueblo, en donde se encuentra su parlamento, supeditado al Parlamento noruego.

Los nómadas, desde Noruega al extremo oriental de Siberia, en la península de Chuckotka, conocen el avión. Saben del móvil. Intuyen que el mundo cada vez es más pequeño. Ya no son aquellos pueblos que huían ante el invasor, que se pervertían con el alcohol, y que adoraron a extraños dioses venidos de fuera (cristianismo y comunismo). “Debemos modernizarnos. Y queremos hacerlo. Sin embargo, esta modernización no debe ser a cualquier precio. El nuevo mundo debe incluir al antiguo, no es negociable”, explicaba Vladimir Ayushejev, de la etnia de los soyot, que viven en Buryatia, al sur de Siberia. Esta etnia practica el budismo y el chamanismo, entre las escarpadas montañas. “Tenemos información, y conocemos las amenazas. Por eso muchos pueblos indígenas del norte de Rusia, incluidos nosotros, hemos empezado a tejer redes, a luchar por tener una voz propia, crear asociaciones, estamos en Internet”, añadía. Una voz propia que parte por que los estados árticos respeten el derecho internacional y la declaración de la ONU sobre los derechos indígenas que ampara su forma de vida y el uso de sus territorios históricos. Una declaración que es papel helado, mientras los estados árticos parecen más empeñados en cartografiar el suelo marino para reivindicar sus derechos de explotación ante el avance del deshielo.

“En China los pastores de renos son un minoría, sólo hay alrededor de 600 renos y 230 familias viviendo de ellos. Es muy poco si se compara con el número de renos que hay en Escandinavia”, explicaba Tashi Nyima, del International Peace Research Institute de Oslo. En 2003 un Gobierno chino obsesionado con la modernización decidió cambiar sus zonas de pasto tradicionales. Es lo que llamaron una recolocación ecológica, y que los obligó a abandonar sus zonas tradicionales e instalarse en pueblos. “Sin embargo, a los pocos meses habían regresado a las montañas, desobedeciendo al gobierno. La situación sigue sin resolverse a día de hoy”.

El problema es mismo para todos los indígenas: “Cómo los estados y las sociedades mayoritarias tratan a estos reductos de forma de vida marginal y alejada del sistema”, apuntaba Nyima. Y así lo confirmaba Gian Ju, un pastor nómada del norte de China, que mira al futuro con escepticismo: “Estamos perdiendo nuestra lengua. Nuestros hijos son escolarizados y después quieren ir a la ciudad a tener una vida más confortable, y nuestros rebaños se reducen con los años”. Su miedo es común entre los nómadas. “Perderemos lo que nos enseñaron nuestros padres”, se lamentaba Gian Ju.

Para entender lo que significa la importancia de un reno, el subir en veranos a las montañas o la costa, y bajar en invierno a los valles, un modo de vida amenazado por la propiedad privada que contrae los últimos rincones de la Tierra, sólo hay que escuchar a los más pobres, los nómadas más puros a su tradición. “Nosotros no somos como los samis. No tenemos motos de nieve, ni ayuda mecánica. Vivimos exclusivamente del animal. Estamos unidos a él. Es parte de la familia. Nuestra leche y nuestro medio de transporte. Es todo”, explicaba Chuluun Zorigt, procedente del norte de Mongolia.

En este país de 2.800.000 habitantes viven de los renos apenas varios centenares de indígenas. Las industrias mineras, locales e internacionales, están explotando sus zonas de paso o de pasto. Y el territorio se estrecha o se contamina. Para un nómada como Chuluun, que sólo posee una treintena de renos y algunos caballos, enfrentarse a estos invasores es como luchar contra gigantes. “Es muy difícil sobrevivir”, añadía impertérrito.

Y sin embargo, puede que haya esperanza, la esperanza de ojos azules, límpidos como las primeras gotas desheladas en primavera. Anne tiene 18 años y sus ojos recuerdan a un cachorro ártico. Es la esperanza sami y el exorcismo contra las amenazas de un futuro incierto. Tras estudiar en Karasjok, en la capital política de Laponia noruega, y tras haber conocido las caricias de un mundo civilizado, y asfixiado en el confort, esta joven decidió continuar el legado familiar, lanzarse a los páramos absolutos, y perseguir unos animales en su migración anual hasta Cabo Norte, el fin del mundo.

“Vosotros veis exótica esta forma de vida, pero para nosotros simplemente es la nuestra”, explicaba con sorprendentemente madurez, reforzada por la impasibilidad de sus gestos. Ella es una de los cerca de 40.000 samis que habitan Noruega. Habla una lengua derivada de los idiomas urálicos, pero se expresa bien en inglés. Y no quiere renunciar a su legado. “Lo amo. Esto no es un trabajo. Es una forma de vida. Requiere una implicación total. Además, es una cuestión familiar. Los rebaños pasan de padre a hijos. Fuera de estas familias no está permitido en Noruega tener un rebaño”.

Su padre, que antes había sido periodista en Oslo, tuvo que casarse con su madre para poder entrar en el clan. La familia regala de padres a hijos la marca con la que identifican a cada animal. “Yo he estudiado y tengo la oportunidad de vivir en la ciudad, pero no es lo que quiero. ¿Por qué iba a querer otra cosa? La comodidad no es lo más importante”, decía. Anne nos ofreció carne de sus renos en el lavvu, sabe sabroso. Tiene aprendida la lección, necesitan el turismo. Prefiere la nieve y el destello, prefiere surcar los espacios tremendos, en los que el hombre no conoce la soberbia pues es insignificante frente a la naturaleza. Un lugar en el que por el momento no es posible el atardecer comprado y el daiquiri frente a una costa.

Como hermanos del Gran Norte, el ártico ha esculpido sus rostros, sus gestos, su energía, y sus cánticos. Saben que otro gran lazo, invisible, pero brutal, les cerca. Todos tienen mucho en común, y único animal totémico. Son pueblos fuertes que ha sobrevivido al imperio del tiempo y el capricho de los habitas. Ver desaparecer a sus renos sigue siendo su pesadilla. Simbiosis cultural. Relación parasitaria. Ciclo destruido. “Qué pasará cuando China e India finalmente se modernicen, y necesiten más recursos. ¿A donde irán a buscarlos?”, vaticinaba Anders Oskal.

Sin reno no hay vida, diría el chamán. Fin de la historia. Un Apocalipsis indígena. La Tierra surgió del Gran Reno blanco, y de su sangre, los ríos. Así lo narra la antigua cosmogonía de estos pueblos antiguos.

Texto por Javier Rada

Fotos de Daniel Alea

 

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