Pollo frito y el crepúsculo de los dioses

Los Ángeles. Más de 1200 km cuadrados de terreno y casi 4 millones de habitantes. Desde el cielo aparece como una enorme explosión después de kilómetros de desierto inhabitado. La meca del cine, el  surf, los sueños rotos y el merchandising como modo de vida. La elegimos como destino por todo esto y mucho más. Porque en los últimos años convive con un movimiento  cultural ajeno a las grandes productoras de cine y el manido sueño americano. Cada vez más artistas la escogen como residencia y si rebuscas un poco puedes descubrir un nuevo movimiento underground que nos devuelve la esperanza en el género humano.

 

No nos podíamos resistir a conocer la ciudad más turística y eso conllevaba la curiosidad por entrar en uno de los todopoderosos estudios de Hollywood. La visita a la Paramount fue nuestro primer contacto con la ciudad. Tenía muchas ganas de asistir a un rodaje en primera persona (deformación profesional supongo) pero mi oportunidad se esfumó. Tras un largo paseo en carrito de golf por las enormes instalaciones de la productora y un montón de anécdotas narradas por una graciosísima guía, descubrí que visto un plató vacío vistos todos. Y entrar en alguno en el que estuviesen trabajando nada de nada.

 

Lo más interesante de la visita: descubrir la enorme piscina ahora convertida en parking que se utilizó en las clásicas películas acuáticas. Del glamour de los años 50 sólo queda un pequeño camino de piedra que Katerine Hepburn pidió para llegar hasta su camerino en bici o el árbol en el que Lucille Ball descansaba durante los días de rodaje.

El calor y el hambre marcaron después nuestros pasos. Siguiendo la  guía de Vice sobre Los Ángeles decidimos probar suerte en Roscoe’s, house of chicken and waffles. Entramos en un local típicamente americano, poblado de sofás de piel en tonos rojizos y con el olor del pollo frito inundándolo todo. Su clientela oscilaba entre los 15 y 20 años y era atendida por un numeroso grupo de camareros. Una de ellas que hablaba español nos acomodó en una mesa con vistas a un enorme televisor que mostraba sin cesar la publicidad del restaurante. En sus anuncios descubrimos que es uno de los lugares preferidos por Obama o Snoop Dog para tomar el almuerzo.

 

La carta era simple: todas las posibles partes del pollo acompañadas por los famosos waffles, en diferentes tamaños y versiones. Decidimos dejarnos aconsejar y la eligió por nosotros. Y allí estaba nuestro plato y la incógnita resuelta: pollo frito acompañado de una especie de gofre rociado de sirope de arce.

Allá donde fueres haz lo que vieres. Y eso hicimos. Mezcla brutal de sabores e hidratos que nos provocaron más remordimientos por las calorías ingeridas que placer en el paladar. Pero había que probarlo.

Para rebajar nuestra suculenta comida decidimos pasear por Hollywood partiendo del Teatro Chino. La estrella de Al Jolson se desvanecía en el paseo de la fama bajo los pies de cientos de turistas. La voz de la primera película sonora de la historia (El cantor de jazz) es apenas un susurro en la memoria de Hollywood. Palo de selfie en mano se descoyuntaban enjambres de cuellos buscando nuevas estrellas para guiar sus pasos.

Justo al lado se erige el enorme teatro, sede de la actual gala de los premios Oscar. Definitivamente el crepúsculo de los dioses comienza en Sunset Boulevard pero termina en el enorme arco dorado con las letras de Dolby . El lugar donde surgió la magia del cine es hoy un nido de tiendas para saciar el hambre del turismo global.

Después del choque con la dura realidad necesitábamos un respiro. Y lo encontramos en la gran tienda de discos Amoeba Music. En ella puedes encontrar desde cintas de cassette hasta los últimos lanzamientos pasando por todo tipo de vinilos. Todo de primera o segunda mano. Merece la pena echar un vistazo al enorme espacio de este comercio de dos plantas.

Decidimos contemplar la puesta de sol desde el punto más alto de la ciudad, la colina en la que se encuentra el Observatorio Griffith. Se trata de un planetario que se erige en la montaña de Hollywood desde el año 1935. Cuenta con diversas actividades y se ha convertido en todo un icono de la ciudad. Sin embargo peca de uno de los grandes males de este siglo: la acumulación de turistas en las horas punta. Nosotros llegamos al caer la tarde y tuvimos que dejar nuestro coche a unos 600 metros de cuesta arriba.

Una vez en la cima tuvimos la habitual lucha a codazos por hacernos con un buen sitio para hacer las fotos que queríamos. Eso sí: las vistas de la ciudad son inigualables.

Nuestro primer día completo en Los Ángeles terminó con una de las cosas preferidas por sus habitantes: la comida mejicana. De camino a casa paramos en uno de los cientos camiones de tacos que puedes encontrar en la ciudad. De lo más auténtico y barato para alimentarte en California.

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