No sin mi palo de selfie

En casa de mi madre se amontonan álbumes familiares con las fotografías de los momentos más importantes de nuestras vidas. Los bautizos, cumpleaños, vacaciones, reuniones familiares. Cientos de imágenes en papel que recogen instantes espontáneos. La incertidumbre de la fotografía analógica recogía nuestros lados buenos y malos, las penas y alegrías; nos desenfocaba, nos quemaba e incluso nos cortaba la cabeza. Y entonces llegó la fotografía digital, el retoque y los móviles de última generación. El instante decisivo de Cartier Bresson dio paso a la falsa naturalidad. Encuadramos, reencuadramos y repetimos la misma instantánea hasta lograr el resultado deseado. La inmediatez del visionado nos permite además borrar lo que no nos gusta. Y si aún así no hemos quedado contentos con nuestra realidad la coloreamos con este filtro o aquel.

La máxima expresión de esta ficción llegó con el famoso selfie; o lo que es lo mismo, me hago fotos de mí mismo una y otra vez hasta conseguir el resutaldo deseado aparentando una naturalidad que nunca ha existido. De esta forma nos convertimos en protagonistas absolutos de nuestra realidad. Lo importante no es aquello que vemos o visitamos sino dejar constancia de que lo hemos visto o lo hemos visitado. La finalidad de nuestras fotografías es buscar notoriedad en las redes sociales y no guardar un recuerdo del momento.

Quizás sea una reflexión obvia, pero  para nosotros se materializó de una manera brutal en nuestra a visita a Roma. Está claro que hacerse una foto de uno mismo implica una serie de dificultades. La principal es una cuestión de fisionomía: si eres de los que tienen los brazos cortos tienes un problema. Te costará encuadrarte y el objetivo cercano no es muy favorecedor. Pero donde hay un problema surge la oportunidad. Alguien la vio y desarrolló una extensión para nuestros brazos: el palo de selfie. De esta forma además no sólo podemos hacernos fotos estupendas si viajamos solos sino que podemos abandonar definitivamente el temporizador para hecernos fotos grupales. Y como todo avance, puede ser un gran beneficio para la humanidad o una lacra  si abusamos de su uso; Roma desde luego podría ser la cuna del abuso de esta herramienta.

El asombro y la tristeza nos inundó a partes iguales en las principales maravillas de la capital italiana. Nubes de brazos palo de selfie en ristre luchando por ocupar la mejor posición frente al Moisés de Miguel Ángel; contorsionismo y posturas imposibles para lograr la foto deseada en el Coliseo o turistas “GoPro” en mano grabando horas de visitas. Todos testigos privilegiados de la historia de la humanidad y del arte incapaces de admirar aquello que tienen a menos de un metro de distancia. Su contemplación a través de una pantalla suprime de un plumazo la experiencia de admirar la belleza en primera persona.

Al final cientos de instantáneas planeadas, horas de vídeos que jamás se visionarán y publicaciones en las redes sociales que en muchas ocasiones ni siquiera cumplirán su última finalidad. ¿Y sus recuerdos? Intangibles, planeados, sin emoción. Las imágenes resultado de su viaje podrían ser las mismas que las creadas viendo un buen documental en el sofá de sus casas.

Todo esto me hace preguntarme ¿cómo serán las álbumes familiares del siglo XXI?. ¿Serán realmente reflejo de emociones y vivencias pasadas o por el contrario serán una consecución de recuerdos inventados?. Nostros por si acaso nos hemos traído un montón de imágenes analógicas para seguir llenando nuestros álbumes.

pruebaunusual

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