Seed Diary

El viaje I

 

Cuando ideamos Seed Diary, ya intuíamos que queríamos sembrar algo que traería frutos. La intuición es un concepto que describe el conocimiento  que es directo e inmediato sin intervención del razonamiento.
Aunque deseábamos hacer esta aventura, el viaje, no era suficiente en sí mismo. Queríamos ayudar a alguien. Hacer algo por alguien. Y así hicimos; nos resultó muy fácil juntar una cantidad enorme de material escolar y de ropa nueva deportiva para entregar a los niños de Sidi Ganem. Varios conocidos colaboraron nada más pedirlo. En el fondo, la gente está deseosa de cooperar pero no saben cómo. Sólo hay que pedirlo.
Compramos un vehículo duro que aguantara las exigencias del trayecto y quitamos los asientos traseros para ampliar la capacidad de carga
Unir los puntos tras un tiempo dan sentido al destino. Planificar con Antonio y Dani nuestro viaje hizo que conocieramos a Rkyia. Esa semilla hizo que hoy esté estudiando por segundo año consecutivo en Bengerir, y aún no sabemos los frutos  que nos deparará el futuro.

 

Viajar en coche es posiblemente el mejor modo de hacerlo. Decides dónde y cuándo parar libremente, puedes transportar una considerable cantidad de objetos hasta la puerta de cualquier sitio, y las condiciones meteorológicas no te impiden continuar.

Comprar un Renault 4lt, conocido en España como ‘cuatro latas’, para recorrer Marruecos, resultó ser una magnifica elección. Su dureza es extraordinaria, posee la capacidad de carga que necesitábamos, y una sencillez mecánica que permite ser reparado fácilmente en cualquier lugar del Magreb. Además, es pequeño y ágil, muy práctico para callejear y aparcar en  sus laberintos urbanos denominados medinas.

Resulta fascinante como en tan solo catorce kilómetros de distancia pueda haber contrastes tan radicales. No solo cambias de país y continente; acabas de adentrarte en otro mundo. Los edificios son diferentes. Los hábitos también. Lo adviertes enseguida, nada más llegar. Personajes errantes deambulan sin rumbo aparente en medio de un caos normalizado y cotidiano. Mucha gente se está buscando la vida y se respira cierta picaresca. Sin embargo, la seguridad es absoluta. El miedo a la autoridad se encarga de ello.

El Norte, tan denostado por el resto del país, tiene esa energía extraña de las zonas fronterizas. Se respira cierta desconfianza. Los subsaharianos esperan con incertidumbre y el narcotráfico se intuye.

La barrera natural del Rif parece cambiar estas vibraciones.
Marruecos es montañoso. Es rural y está poco poblado. Las urbes sin embargo son grandes enjambres bulliciosos donde todo parece valer. El camino hacia el desierto es progresivo.

El Atlas es un enorme macizo de unos 2400 kilómetros de longitud, que divide el noroeste de África, zona conocida como El Magreb. Está mayoritariamente poblado por los diferentes pueblos bereber, antiguos nómadas asentados en el norte de África. Su cima más alta, el Toubkal, preside el nevado skyline de la ciudad imperial más impresionante del país, y al que da nombre, Marrakech.

El sur de Marruecos es más amable y hospitalario. Las gentes realmente quieren ayudar, y se sienten orgullosos de abrirte sus hogares. Se sienten honrados. Cuando nuestros prejuicios nos hacen desconfiar, el ridículo o la vergüenza no tardan en aparecer.

Harira en Chaoen

Nos costó bastante conectar. Chaoen fue el primer destino desde que pisamos suelo africano. Tras la aduana y después de una pequeña parada en Tetuán, ascendimos por la sinuosa carretera que conduce a este bonito pueblo azul de montaña, hermanado con el también bello Vejer de La Frontera. El nacimiento del río Ras el Ma,  cerca del núcleo urbano tiene unas pilas enormes donde las mujeres lavan la ropa. Un personajillo se nos pegó con la intención de hacer de guía. Era gracioso. Era conocido pues había salido en la película “Bajarse al moro” hacia ya muchos años. El ambiente del menudeo de hachís continúa, pero con menos intensidad. La ansiedad no nos permitía relajarnos y estábamos algo contrariados, sin saber por qué.

El contacto que teníamos allí, el propietario de una agencia de viajes llamado Anass, nos solucionó el alojamiento. Nos recomendó visitar a Hassan, propietario del restaurante más popular del centro. Hassan estuvo reticente pero fue entrevistado y retratado. Nos dio un contacto que resultó  ser muy interesante en Marrakech, Dar Moha.

Al amanecer, desayunamos sopa Harira junto a trabajadores locales en un lugar concurrido. Nos dirigimos a casa de Salahedinne. Recomendados por Hassan, nos recibió amablemente y nos mostró sus huertas de hortalizas y hierbas aromáticas. Un desayuno preparado con cariño nos estaba esperando. Pan casero en horno de leña, mantequilla y confituras, aceite, huevos, miel, té. Todo artesano de su granja o de sus vecinos. Como antiguamente. Los sabores impresionantes. Productos de la tierra producidos como antaño, sin prisas. Es una tónica en todo el país. Los alimentos saben. Es increíble que esto nos sorprenda.

Fez

Al llegar a Fez, nos perdimos por un barrio caótico que nos encantó. Después nos dirigimos a la medina y encontramos un hotel. Merecida ducha y paseo por la zona peatonal más grande del mundo. Demasiados turistas nos obligan a huir a un barrio céntrico residencial. Tomamos algo en una terraza antes de encontrarnos con un bonito y antiguo mercado de abastos que decidimos visitar el día siguiente.

Un mirador privilegiado muestra una gran panorámica de la ciudad. Taxi. Conectamos bien con los vendedores de pescado. Estaban encantados de tenernos allí. Empezamos a conectar.

Cedros y montañas

Aún no lo sabemos al abandonar Fez pero nos espera un día muy largo. Mucha carretera. Road trip, eso queríamos. No tenemos pretensiones y nos dejamos llevar pero nos resulta atractiva la idea de llegar a Tatiouinne en el día. Nos dirigimos hacia Azzrou atravesando Ifrene.

Una preciosa carretera entre campos verdes de encinas nos adentra en el bosque de Cedros. Los imponentes árboles  ofrecen un paisaje misterioso. Divisamos algunos monos pero no les prestamos mucha atención y continuamos.

Dos pequeñas niñas nos sorprendieron en medio de la nada y paramos a regalarles algunas ropas y algunos cuadernos y pinturas. Estaban muy sucias. Sus ropas y sus caras.

Hicimos muchos kilómetros tras visitar el nacimiento de Om Roubia. Valles y montañas dirección Khenifra guiados por Isaqui. Tenemos tentación de parar en un pueblo grande que parecía tener una feria local. Seguimos hasta Midelt y nos desviamos por un camino de arena. Recorremos unos 15 km de subida hasta llegar a una aldea de 4 casas. Es de noche. No se ve mucho y llamamos a una puerta.

AIt Hammou

Llegar a una casa donde no te esperan, un viernes a las 11 de la noche y que te reciban así, no tiene precio. Aunque llegamos exhaustos, la excitación nos avivó y pasamos un rato genial, como en familia comiendo algo que rápidamente prepararon. Parecía como si hubiéramos vuelto a casa tras mucho tiempo ausentes, y les acabábamos de conocer. Quizá así sea el pueblo bereber.

La pequeña Ruyía alegra la casa constantemente. Nos hace gracias y bromea con sus hermanas. Ríe todo el tiempo. Se respira ambiente familiar relajado. Es un hogar en la montaña.

El patriarca, Hammou ait Hammou fue nómada hasta que se asentó en esta antigua aldea minera. 8 hijos vivos y 7 muertos no parecen preocuparle en absoluto. Es tranquilo. Sonríe adormecido. Parece feliz.

Por la mañana recorremos una bonita garganta con él y visitamos a su hermano, que esquila ovejas.

Al despedirnos de la familia, tenemos  la sensación de que una semilla acaba de ser plantada, y que los inciertos frutos serán recogidos en el futuro.

Nos ha encantado esta experiencia.

El desierto

Bajamos a Merzouga y Zagora. El paisaje va cambiando. Progresivamente la vegetación va desapareciendo. Nos encontramos con camellos cruzando la carretera. Muchos coches 4×4 en la zona. Nuestro R4 sigue fiero.

Las dunas son bellas. Amaneciendo, el espectáculo es asombroso.

El turismo es implacable. Parece imposible descubrir un lugar a estas alturas. De la nada surge un mastodonte rugiendo y derrapando con el consiguiente goce de sus ocupantes, o un grupo de turistas subidos en camellos. Así es.

Los palmerales sorprenden por su extensión y por el contraste del verde en el marrón.

Mohamed el gordito, descanse en paz, nos ayuda con alojamiento y nos presenta a un guía que se presenta magullado y resacoso y nos enseña a su manera la zona. Un mercado de comida en el desierto. Una experiencia nueva. Un poco gore.

Visitamos la casa de Alí donde Samira nos prepara un tajine delicioso. La casa es muy agradable, y aunque es tentador quedarse a descansar un día, lo descartamos y continuamos dirección Oarzazate. Comemos carne en el camino. La carretera es bonita y exigente para nuestro compañero de viaje, que se está comportando extraordinariamente bien. Al parar para darle un respiro, fotografiamos un bonito paisaje.

Texto: Óscar del Barrio

Fotos: Óscar del Barrio y Daniel Alea

 

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